


En el 2008 comenzamos a trabajar con niños, niñas y jóvenes trabajadores del centro histórico de San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México. Esta ha sido una experiencia llena de retos, asombro, amor y crecimiento humano compartido.



El propósito ha sido crear una CASA donde las niñas, niños y jóvenes sean acogidas/os, amados/as, respetadas/os y dignificados/as a través de diferentes programas educativos y recreativos. Reivindicamos nuestro derecho al maternaje y al rescate de los valores que han sido tipificados como femeninos: La empatía, el cuidado de la vida, la satisfacción afectiva, la expresión emocional, la solidaridad, el conocimiento intuitivo y sensible, la colaboración, la resolución pacífica de conflictos y la belleza en lo pequeño. Con esto queremos no solo cubrir las necesidades físicas e intelectuales de los niños y niñas, queremos sobre todo cubrir las necesidades emocionales y combatir la desnutrición afectiva por la que atraviesan la mayoría de estos niños y niñas. Es pues, una CASA donde lo que más nos importa es la persona y su felicidad.
Hola,
me llamo Claudia Castro y nací en Chihuahua, México. Cuando llegué por primera vez a
Chiapas hace 19 años, me impresionó la segregación en la que vivían los indígenas. La
ciudad de
San Cristóbal todavía no crecía tanto y no se veían niños trabajando en la calle, un poco después
del conflicto armado de 1994 la población indígena comenzó a emigrar a la ciudad y las calles
comenzaron a llenarse de niños trabajadores, la mayoría como vendedores o lustradores de calzado.
Siendo maestra, cada vez que me ofrecían algún servicio o uno de sus productos hacíamos las cuentas
y me pude percatar de que la mayoría no sabían sumar o restar, tampoco sabían leer, ni escribir.
Comenzaban sus jornadas de trabajo a las 8:00 a.m. y 12 horas después se iban a su casa; si habían
tenido una buena jornada de ventas se iban en transporte público pero si no, lo hacían caminado.
También me di cuenta que a penas comían algo por la mañana, mucho del dinero que ganan de sus
ventas las emplean para comprarse bebidas, un pan y pagar el cobro de los baños públicos.
Poco a poco fui haciendo vínculos con ellos y sentí una profunda empatía, pero también me sentí cómplice de la indiferencia hacia los niños marginados, así que decidí hacer algo al respecto: Abrir una casa de acogida donde pudieran ir a descansar, a usar los baños, usar la cocina para prepararse alimentos, llenar sus botellas de agua y enseñarles aritmética básica y a leer y escribir. Poco a poco se fueron ampliando las actividades, una llevo a otra y así consecutivamente hasta lo que somos hoy.
En un principio no fue fácil. Los niños y jóvenes eran en extremo violentos y hostiles, tenían un resentimiento exacerbado por la sociedad que los ha excluido y violentado; poder cambiar esas conductas violentas fue una tarea que nos llevó varios meses, la solución fue muy sencilla en apariencia: yo tenía que desarrollar la confianza y el cuidado para poder contagiarla y fomentarla dentro de la casa. Asumí que los niños me iban a estar probando una y otra vez para ver si yo estaría con ellos en las buenas y en las malas, y con el tiempo se han dado cuenta que he estado con ellos, en las malas, en las muy malas y en las peores, pero que también he buscado todas las formas a mi alcance para que puedan tener una casa segura para ellos, donde todas las personas que colaboramos en ella los respetemos, confiemos en ellos y los amemos tal y como son. Amo mi trabajo, me apasiona y cada día salgo mucho muy enriquecida de lo que cada niño y joven me comparte de su día a día. Me considero una persona extremadamente afortunada, porque cada vez que cierro La Casa de Las Flores me voy con el corazón lleno de felicidad porque sé que cada niño, niña y jóven que ha ido a La Casa de Las Flores ha sentido un momento de paz, serenidad, alegría y cobijo unas cuantas horas de su larga y dura jornada en las calles de San Cristóbal.
Me inspira mucho este cuento:
UNA SOLA ESTRELLA DE MAR
por Loren Eisley
Mientras un hombre caminaba por la playa reflexionando sobre su vida, uno de sus pensamientos giraba en que no importaba cuanto intentara cambiar las cosas, parecía como si cada intento que hiciera el viento se lo arrojara de nueva cuenta a la cara.
Sintió un crujido bajo sus pies y mirando hacia abajo observó que la playa estaba cubierta por miles y miles de estrellas de mar que habían sido arrojadas a la playa por la marea. Continúo su paseo pensando en lo cruel que era el océano ya que todas esas estrellas estarían muertas al amanecer.
Al poco rato se encontró con una mujer que arrojaba al océano a las estrellas de mar. Él le dijo: "Por cada estrella de mar que lanza de vuelta al océano hay tres más que serán arrojadas a la playa, ¿cómo es que lo que hace podrá hacer alguna diferencia a esta situación?
La mujer lo miró pensativa, recogió otra estrella de mar, la lanzo al océano y sonrió al contestarle: ¡Ha hecho una diferencia para esa!
Atentamente, Claudia